18/03/08

El hombre de la cama (cuento)

Lo vi. Te juro. Vi su barba, la más larga del mundo. Por debajo de la pera. Colores rojizos y blancos. Mal delineada. Las vi: tres frazadas usa. Sí, tres frazadas sin sábana sobre su piel que se descama. Pantuflas a cuadritos en azul y marrón. Prolijamente colocadas abajo de su cama.
Su cama: vive ahí, sin salir de ahí, ahí una plaza pobre con respaldo de madera y colchón húmedo y frío por falta de ventilación.
¿Quién? El hombre de la cama, nombre y apellido y apodo, todo junto. A primera impresión es algo desagradable, lo sé, pero más desagradable te resultaría verlo tocarse noche y día. Se toca sin llegar al orgasmo. No es que no le guste: no quiere, nunca quiso. El placer se le acabaría en segundos si tuviera eyaculaciones, mientras que quedándose con las ganas, el placer perdura por mucho más tiempo. Pero no le preocupa que entiendas sus convicciones; casi te diría que ya no lo parecen: es su forma de vivir desde hace treinta y cuatro años.
Sucede así: sus ojos dan vueltas, sus nalgas tiemblan y cuando casi se le hace imposible aguantar, él se contiene, busca un cigarrillo, aguanta el zumbido del cuerpo, raspa el fósforo y lo prende. Hace nudos en la sábana, burbujas con su saliva, estelas con el cigarrillo, mientras su mirada se cristaliza de excitación. Resiste; el temblor cede.
Come lo que encuentra o una vecina amiga le trae de lástima. No le importa nada, ni siquiera su estado de supervivencia. Se baña cuando el portero viene a su puerta y le cuenta que en la
reunión de consorcio se han quejado del terrible olor que hay por los pasillos. El se ríe, hasta lo invita a oler de sus axilas su mal estado de limpieza. Claro que, el portero lo mira con cara de “está chiflado” y llama a la policía. Problema que se plantea cuando la policía llega, le pide el documento y lee “El hombre de la cama” en una de las hojas. Parece un chiste, pero no lo es.
Es el nombre de bautismo que le pusieron su madre, “La mujer del placard”, y su padre,
“El hombre del sillón”.
La policía conoce a la familia, y entre absurdos, permite que haya un nombre y apellido y apodo de tal estirpe en el documento. A veces ni vienen, porque esposarlo a la cama es redundancia,
y llevarlo en el auto con inmundo olor, es imposible. Da náuseas.
A él le da mucha risa, una risa sarcástica que comparte con su gato, “El gato del felpudo”, que siempre se le mezcla entre las piernas hasta causarle erecciones, motivo que lo incita
a volver a tocarse. Se le hace inevitable. Pero la tarea es solitaria, así que aleja al gato, casi te diría que lo echa y nuevamente, enredado entre sus manos, se queda pasmado mirando el techo al que le faltan dos segundos para caerse. El techo que es el piso de una mujer que vive sola, con un perro normal, de familia normal y de nombres normales. Estela es su nombre, Batuque el del perro.
Se encontraron una vez cuando El hombre de la cama salió al pasillo, a buscar a su gato mientras se juraba no volver a levantarse de la cama. Perro y gato se olfateaban y disfrutaban los olores. Ella y El hombre de la cama se miraban de lejos. Le gustaba, se lo había contado a su almohada, pero no se atrevía a resignar su mugre para hablar con Estela. Ella, ni en sueños lo había pensado. Tampoco había pensado que Batuquese metería por error en la casa del hombre de la cama. Tuvo que ir a buscarlo. No le quedó remedio. Al principio no podía entrar, así que colocó un pañuelo perfumado en su nariz y logró atravesar dos metros adentro. Por fin llegó al perro que la miraba en el regocijo de no moverse. El hombre de la cama dormía plácidamente justo hasta que Estela cargó a su perro (el terrible peso muerto de la vagancia de un perro).
Una mano –la mano más asquerosa que ella hubiera visto, las uñas más sucias y la piel más desagradable– le tiró del vestido.
No sabría decirte, pero la cuestión es que ella se tiró en sus brazos y lo besó en la boca. Y todo comenzó. El sexo comenzó. Paso a paso. Primero el beso, después los besos, las caricias,
las manos, los pies, la desnudez. Estela cerraba los ojos como quien espera más o no quiere descubrir el rostro. O ha olvidado todo.
Están juntos él y ella, ella y él. Juntos. Sí. Las oposiciones hacen el pacto. Ella y él se mueven. Se mueven. Sudan. Se mezclan. Barba rojiza contra piel pálida. Olores y calor. Olores ácidos y perfumados, pegados. Él y ella se sellan como una carta lacrada. La cama tendida, crujiendo, soportándolos. Y el desafío: El hombre de la cama decide cambiar la filosofía de treinta y cuatro años. Quiere tener un orgasmo. Quiere sentir a su mujer o a su suerte, compartir el goce. Quiere. Lo tiene pensado. “Es el momento”, se alienta a sí mismo. Es ahora. Se dispone en ganas y concentraciones. Tiene que permitir que sus ojos suden de sexo. Tiene que permitir que todo tiemble. No hay nada que indique, no hay ninguna señal que diga que no puede hacerlo. Su mujer tiene los ojos perdidos en alguna galaxia. Los deseos del hombre de la cama no dan un paso atrás. Es verdad, no hay nada que indique lo contrario, salvo que en ese empeño se aproxima una intuición. Leve, despacito, tan leve que él piensa que puede marcharse en cualquier momento. Una tontería. O más que eso: un pensamiento que araña la conciencia. O quizás más: la imagen en la cabeza de un atleta que corre en el mismo lugar. Corre y corre, patina, resbala. No avanza. Quisiera.
El último intento es borrar de la cabeza todas esas cosas que no tienen nada que ver. Porque él está haciendo el amor, no especulaciones. Porque estoy haciendo el amor, aquí, mi mujer,
mi pene, aquí, haciendo el amor. Haciendo el amor, el corredor, es el corredor que lo intenta con más insolencia en el mismo lugar, lo saluda irónicamente, me saluda con la izquierda.¿Me saluda?
Sigo. Se detiene. Continúo. Se ríe. No puede ser. Me detengo. No puedo.
Así mi amor, tu espalda encorvada, así tu sexo que es mi sexo, así la mujer que gime, así tus ojos mi amor, así tu blando cuerpo. Así la mujer que suspira. Así mi amor, así. Así, así, así. Así
la mujer que goza. Su placer. Está tan linda ella... estoy tan solo yo... Así.