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Despegó el brazo de su cuerpo y sintió la brisa en su cintura. Cuando su mano quedó suspendida en el aire, vio la alianza de siete años y pensó en su mujer ahora, vistiéndose para ir a trabajar: “La pollera o mejor el pantalón, la llave de gas, cerrar las ventanas...”
–¡Taxi! –gritó.
La otra mano abrió la puerta con más fuerza que de costumbre, antes de que el señor se inclinara y lo hiciera desde adentro. Le ganó al conductor, le gustó ganarle. Se sentó.
–Hasta “ésta y ésta”... ¿Tiene cambio de cien?
Bocacalles sin semáforos, vigilar hacia los costados, los lomos de burro, el aire caliente metiéndose en la ficha del conductor, el reloj tirano. Mejor mirar para adelante: la línea amarilla de la avenida, el volante en pleno equilibrio. Hábil taxista.
Bocacalle, la velocidad extrema del Falcon verde, viniendo del mismo lugar donde está apoyada mi mano con la alianza. El conductor con los ojos para adelante, que seguramente lo verá, ciento ochenta grados de visión tenemos, ¿lo verá?, a menos que le avise, porque el Falcon está llegando y el taxi donde estoy, está perpendicular a su capot y el “crash” de los vidrios, el crujir de la chapa, la pintura saltando sobre el tapizado. La cara de espanto del conductor, su pie en el freno, sus zapatos mocasines, el chupete que salta del espejo, la parte interna de la puerta, el cenicero que se despega, cenizas volando por el aire.
Es incomprensible que justo ahora caigan sobre mis ojos, y mire a medias cómo el vidrio de la ventana se astilla y se desploma sobre mí, sobre la mano y hace tajo. Vidrio celeste, líneas rojas en mi mano, pero lentamente mientras todo se comprime, puertas que se hacen hermanas, quedo apretado sin moverme, no puedo, cenizas en los ojos y mi cabeza que podría sostener pero se me cae... aunque no las vea sé que vendrán, porque ahora veo gris y rojo, nunca vi así, son las líneas rojas de mi cabeza, levedad en mi boca, levedad como la brisa aquella entre mi cuerpo y mi brazo. Aire metálico. ¿Gusto a qué?
Es un diente, la lengua me arde, miro para adelante, la cara roja del conductor ahora sufre, no es de espanto, frunce el ceño, tal vez por una pierna o un brazo o la ceniza dentro de sus ojos.
Grita “Dios”. Repite “¡Dios!”
¿Dios? ¿Quién es Dios? Nunca supe quién es Dios. Las llantas del Falcon siguen gritando sobre el cemento, friccionan humo, quisieran continuar hasta mis costillas, tengo mares revueltos en el estómago, se siente así. Náuseas.
“Dios” grita la ficha del conductor. En la foto, su cara es distinta... es serena o fija, no sufre, ¿está feliz, ahí?, ya no tiemblo, en el amanecer rojizo de mis ojos contemplo mi alianza... Veo a Ana cerrando la casa, llamando al ascensor, protestando porque se le hace tarde. Ana volátil, risa de fresias, a dos centímetros del piso, es molesta la bocina del Falcon, es la cabeza sobre el volante del conductor de bigotes.
Si hago el esfuerzo... aunque mi mano no tiene la misma fuerza que tuvo al abrir la puerta, está debajo de no sé qué cosa, debajo y sin fuerza y la puerta cerrada y una llama que se asoma por la ventana rota.
Ahora el calor es hijo del infierno. ¿Dios? ¿Quién es Dios? Calor.
¿Sabrá Ana que me estoy quemando? ¿Sabrá Ana que mi piel varía de colores y dolores y que el metal es tan fuerte que resiste a las temperaturas? ¿Sabrá Ana que la quiero con toda mi alma? ¿Cuántas veces se lo dije? ¿Lo sabrá?
Me desespera justo ahora que mi mano está atorada y el fuego quiere entrar en mis pulmones y en el estómago tengo pirañas. ¿Mi cara se verá como la del conductor?
Una mujer... ¿qué dice?
–No se mueva, no se mueva, ya lo vamos a sacar...
¿Qué dice? ¿Qué fue lo último que me dijo hoy Ana? ¿Qué dice la mujer?
–No se mueva.
¿Le dije hoy que la quería?
–Quédese tranquilo, no se mueva...
¿Sabrá Ana que ayer estuve en el cuerpo de otra mujer? Morocha, no quise, me invitaste, sí quise, olvidar no se puede.
–Tuvo un accidente señor, no se mueva.
¿Cómo mirarla ahora a los ojos mientras me cura la piel con sus manos benditas? ¿Mirarla cómo cuando me diga que me quiere y que está feliz de que esté vivo? ¿Vivo para qué? Cuando me inspire fuerza para verlo nacer. ¿Qué padre voy a ser?
Ana inocente, virgen de la iglesia, tu vida está adelante, yo te arruino.
–No se mueva señor, enseguida apagamos el fuego y sale...
–No apague nada.
–Señor, tuvo un accidente...
–No llame a nadie, corra, está por explotar, corra señora corra, hágame caso, corra, sálvese.
Eso es... confíe en mí, así, a lo lejos, corra... esfúmese, hágalo...
Un punto entre el amarillo.
VS.
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