31/01/08

Es raro no tener hambre (cuento)

Me gustan mis zapatillas color rosa. Un viaje en colectivo es divertido, si cada vez que me siento puedo mirarlas. Cuando me compro algo nuevo, me siento distinta. En serio. Me pasa así. No me importa lo que lleve puesto, ni el jean ni la remera, si tengo algo nuevo. La primera semana es la mejor; después, con el tiempo, las zapatillas se van a parecer a todas las demás, ya no voy a saber si me gustan o no de verdad. Si realmente son tan tan lindas.
Todos los días pasaba por esa vidriera, frenaba y las miraba. Contaba cuánto tenía ahorrado. Cruzaba los dedos para que no subieran de precio –a veces me confundían los ceros– o se
las llevara otra chica. Después de aguantar sábado y domingo, el lunes entraba al local, me las probaba y decía que las iba a pasar a buscar más tarde. Que me las “reservaran”. Se dice así, “reservar”. Era mentira, pero en ese momento, en mis pies, sentía que eran mías. Con un poco más de plata, hubiera salido de ese local gigante con mis zapatillas puestas. Igual, probármelas era una sensación increíble.
Nadie sabe en este colectivo que yo estoy pensando en todo eso. Nadie de verdad, sabe quién soy, cómo me llamo, dónde me bajo, cuál es mi casa, cuánto dinero tengo, y si me gustan mis zapatillas. Nadie sabe cuánto tiempo tuve que esperar para poder comprármelas. Nadie escucha el sonido de mi walkman. Es lindo ver al mundo así, está todo en silencio mientras escucho mi canción. Parece todo más feliz. No oigo si el chofer le grita a otro auto, no escucho si dos personas empiezan a pelearse. Escucho Imagine, de John Lennon. Me gusta esta canción. Me gustaba antes de aprender inglés, no sabía lo que decía la letra, pero igual me gustaba. Ahora la entiendo toda, aunque algunas palabras son un poco difíciles. Este disco me lo regaló mi papá antes de morirse. Él tenía toda la colección de John Lennon, pero me dijo que este disco era el mejor. Que escuchara esta canción cada vez que me sintiera mal. Los otros discos quedaron para mi abuelo, que también es un fanático y de vez en cuando me invita a su casa a escuchar las otras canciones. Me pide que preste atención, y que si hay algo que no entiendo, que le pregunte. Antes de que se muriera papá, no lo iba a visitar tan seguido. Después es como que me dieron ganas. Y además no era tan difícil llegar. Él me explicó el número de colectivo que tenía que tomar y también me enseñó que cuando viera la estación de servicio, que tocara el timbre. Le llevo medialunas de grasa, que son las que le gustan. Yo creo que a todos los hombres les gustan las medialunas de grasa y a todas las chicas les gustan las de manteca. No sé porqué, pero siento que es así. Le llevo seis, porque dice que está a dieta y que el médico no le deja comer cosas que engordan. Me dijo que tenía el colesterol alto, que es algo que le pasa a la gente vieja. Yo no lo veo viejo, siempre lo veo igual. Tiene un montón de canas pero parece que no le salieran más. Él dice que es porque lo veo muy seguido y no me doy cuenta.
Me gusta ir a su casa, porque en su casa hay mucho silencio, los autos no se oyen tan fuerte. Se escuchan los perros, pero los perros a mí no me molestan que ladren. Me gustan mucho.
Tiene un montón de cosas en su casa. Es una casa llena. Muchas cosas por todos lados, que trajo de sus viajes. Mi abuelo vivió en Francia. Estuvo ahí en el medio de la guerra. No sé cómo no se murió con tantas bombas. No se acuerda mucho cómo hablar en francés, pero siempre me canta una canción en ese idioma, que se la sabe toda. Es la misma canción que me cantaba de chica. Él dice eso; yo como era muy chica, no me acuerdo. Igual, cuando lo hace, me viene una cosa al estómago, se me mueve adentro, como si me pusiera contenta. Mi abuelo es el abuelo más bueno del mundo. Él dice que no es así, que hay gente mucho más buena que él, pero yo creo de verdad que es el más bueno del mundo. Es bueno porque nunca me gritó, no me pega, me explica todo lo que le pregunto. Y sabe un montón. Sabe de música, sabe de cosas eléctricas, de autos y de libros, que es una cosa difícil para saber.
Casi siempre voy los viernes a su casa, a la tarde, después del colegio. Pero ya el jueves me siento contenta, porque sé que lo voy a ir a visitar. Nadie sabe tampoco que los jueves me siento así por eso. Es lindo a veces tener secretos y que los otros no los sepan. Además una vez me pasó que le conté un secreto a una amiga y se lo contó a medio colegio. Me acuerdo que me dio bronca, porque yo le había pedido que no se lo dijera a nadie, y ella me lo había jurado sin cruzar los dedos. No sé por qué le contó a todo el mundo que mi papá tenía una novia nueva. Los hombres en general siempre tienen novias nuevas. Lo que pasa es que eso a mi mamá no le gustó. Me acuerdo que se enojó mucho cuando se enteró. Alguien le habrá contado ese secreto a ella. Por eso digo que a veces es bueno tener los secretos guardados. Cuando la gente se entera, se arma un lío terrible. Mi mamá me dijo que igualmente mi papá era muy bueno, aunque tuviera otras novias, y que yo siempre tenía que quererlo porque era mi papá. Pero como yo la vi llorar a mi mamá, me di cuenta de que mi papá no era tan bueno como ella decía. Alguien que es bueno no te hace llorar. Era horrible verla llorar a mamá. Aunque mamá sea de llorar re fácil, esa vez que la vi llorar, lloraba mucho y fuerte. Me acuerdo que estuvo en cama. Que llamamos al doctor. El doctor era muy bueno, porque le dio un remedio para que se le pasara el dolor de cabeza. Ella lo vomitó, yo le di otro más (iba debajo de la lengua), y ese no lo vomitó. Y se ve que el dolor de cabeza se le pasó. Le hizo bien. A mí también a veces me duele la cabeza; cuando uno llora siempre le duele la cabeza. Y los ojos te quedan todos rojos y te arden. Pero no siempre hay que llamar al doctor cuando uno llora. Esa vez fue especial. Mi mamá me lo explicó. Siempre me explica todo, como mi abuelo.
Mi abuelo no tiene novias nuevas. Nunca las tuvo. La única novia que tuvo –que después fue su esposa– fue mi abuela. Eran muy chicos los dos cuando se casaron. Mi abuela me contaba que mi abuelo era muy buen mozo. Yo siempre pensé que buen mozo, quería decir que era un hombre que atendía muy bien un bar, hasta que un día me di cuenta de que también quería decir que era lindo. Yo no sé si me voy a casar cuando sea grande. Tengo miedo de que mi marido tenga novias nuevas. Los hombres siempre tienen novias nuevas. Menos mi abuelo.
Hay un chico que me gusta, y creo que él también gusta de mí. Pero es muy difícil hablarle. Me da cosa mirarlo. Seguro que le gusta la más linda de mi clase, que tiene ojos celestes y es rubia.
A todos los chicos siempre les gusta la más linda. Aunque yo veo señores por la calle que son muy buenos mozos, como dice mi abuela, que están con mujeres que no son tan lindas. Mi mamá me explicó que cuando uno se enamora, no importa si es lindo o feo, lo que importa es el corazón que tiene. Cada vez que me dice corazón yo siempre pienso en los corazones que veo por la tele. Con los médicos, con los barbijos, con toda esa sangre. Para mí el corazón es eso. Mi mamá me explicó que alguien que tiene un gran corazón, es alguien que te quiere y que nunca te haría daño. Es raro saber quién te puede hacer daño o no... mi amiga por ejemplo, que yo la quería mucho, esa que contó el secreto, al principio era buena, pero después se transformó en mala. Yo le pregunto siempre a mi abuelo cómo es que alguien que es bueno, puede volverse malo. Y también le pregunto si puede pasar al revés: que alguien que es malo, se vuelva bueno algún día.
Mi abuelo siempre me dice que a veces la gente no se da cuenta cuando es mala, que lo hace sin querer. Pero también me dice que hay gente que cuando es muy muy mala, nunca puede llegar
a convertirse en buena. A mí me da miedo que me lo explique así. Yo no sé cuándo alguien es muy, muy malo, o cuando alguien es malo sin querer. Me sale más fácil saber cuando alguien
es bueno. Me doy cuenta de que es bueno, porque es bueno todo el tiempo. Como mi abuelo, ¿ya lo dije, no? También mi mamá es buena. Aunque me parece que ninguno de los dos cree que es bueno; creen que son malos. Mi abuelo siempre empieza a hablar de que se equivocó muchas veces, y que por eso no es bueno “del todo”. Yo le pregunto en qué se equivocó, y él siempre me contesta: “en muchas cosas, cuando seas grande lo vas a entender”. Me da rabia cuando escucho eso. ¿Por qué no lo puedo entender ahora? También cuando sea grande voy a poder ver películas que ven los grandes. “¿Hay gente mala en las películas?”. “No siempre hay gente mala”, me contesta él, “a veces hay cosas que los chicos no pueden ver”. Creo que entiendo eso, cuando me pongo a pensar en mis viajes en colectivo. Pero en vez de ver, escuchar. Hay un montón de cosas que no puedo escuchar, porque estoy oyendo Imagine, de John Lennon. Si fuera una película sería parecido.
Es lindo viajar sola. Hay chicos que no pueden porque les da miedo. A mí, no. Yo sé que mi abuelo me está esperando en la parada que viene. Aunque llueva o haga frío, siempre me espera... aunque yo sepa cómo llegar a su casa sola, él prefiere esperarme. Dice que es mejor.
Falta poco. Pronto va a venir la estación de servicio amarilla y roja. Tengo que tocar el timbre. Mientras me paro también miro mis zapatillas nuevas, mi abuelo me ayudó a comprarlas.
Me dijo que había ahorrado algo de plata, y que con lo que yo ya tenía, me las podía comprar. Me acompañó y todo.
Voy a contar hasta tres y toco el timbre. Uno, dos, tres. Seguro que mi abuelo está esperándome, aunque ahora que me bajo, no lo veo. ¿Llegará más tarde? Muchas veces le gusta meterse en su bar preferido y jugar al billar. Algunas veces fui a buscarlo ahí. Mi papá decía que el abuelo era el mejor jugando a eso. Que no había quién le ganara. Quizás sea buena idea ir al bar, tal vez esté. El mozo, que no es buen mozo, porque tiene mucha barba, me saluda y me pregunta qué hago acá. “Vengo a buscar a mi abuelo”, le digo. “Tu abuelo hoy no vino”, me dice, y me pregunta si quiero tomar un café con leche mientras lo espero. “No, gracias” le digo. Mi mamá me enseñó que siempre hay que decir “gracias” cuando alguien te ofrece algo. También me enseñó que hay que decir “por favor” cuando uno pide algo. “Hasta luego” le digo al mozo, cosa que también me enseñó mi mamá, y me voy caminando cuatro cuadras hasta llegar a la casa de mi abuelo. Sé que no me voy a perder, porque tengo que pasar por una panadería con letras rojas. Y ahí nomás, al lado, está el edificio de mi abuelo. Vive en el tercero “e” de elefante. Nunca me olvido porque a mí me encantan los elefantes. Son grandes pero no te hacen nada. Son buenos los elefantes.
Toco tercero “e” de elefante y nadie contesta. Quizás se quedó dormido. Busco las llaves que tengo en mi mochila. Mi mamá me dice siempre que las lleve por si el abuelo se queda dormido. Una vez me pasó: cuando entré, estaba roncando re fuerte.
Tengo que usar la más gorda para la puerta de abajo y la más larga para la puerta de arriba. Es fácil acordarse. La puerta de abajo es mucho más pesada que la de arriba; va con la llave gorda. Esta es liviana, se abre sola. Casi siempre mi abuelo está con la radio prendida, pero lo único que se oye ahora es Imagine, de John Lennon. Por ahí la apagó para poder escuchar esta canción. Parece que no hay nadie en la casa. La cocina está vacía. En el sillón no está. En el baño tampoco, porque está la puerta abierta y no se ve a nadie. Está en su cuarto. Se quedó super dormido. Voy a tener que despertarlo despacio, porque si lo despertás fuerte, él dice que se asusta. Que lo sacás del sueño enseguida y que eso le hace mal al corazón. Él también dice “corazón”.
Le toco un brazo para ver si se despierta. Lo muevo un poco. No mucho, porque tengo miedo de que se asuste. “Abuelo, te traje medialunas de grasa”, le digo despacito. Pero no me contesta.
“Abuelo, te traje medialunas de grasa”, le digo un poco más fuerte. “Abuelo”, le digo con todo. Le digo y también lo muevo, y también le tiro del pelo para que aunque sea se asuste y se despierte.
Mi mamá me explicó que esa vez el abuelo se durmió muy profundo, para soñar otras cosas que no podía soñar estando despierto. Pero se ve que se dio cuenta de que no le creí y entonces me miró y me dijo que el abuelo se había muerto. Pasó lo mismo cuando le pregunté si Papá Noel eran los padres y ella me dijo cualquier cosa. No me dieron ganas de llorar cuando me dijo que mi abuelo estaba muerto, pero me daba cosa no volver a verlo nunca más. Para mí la muerte es eso: no ver nunca más a una persona. También me daba pena no volver a verlo en la parada. No viajar más en colectivo. No sentirme contenta los jueves. Mi mamá me dijo que tenía que recordar lo mejor de él. Y aunque entendí lo que me dijo, seguí sintiendo esa sensación fea de no volver a verlo nunca más. Después, recién después de una semana, me puse a llorar. Me acuerdo que era viernes. Estaba tomando la leche y de golpe me acordé de él, y me dieron ganas. Mi mamá no llamó al doctor. Dijo que con el tiempo se me iba a pasar. Y me abrazó. Siempre me abraza. Ese día le pedí que pusiera mi canción favorita. Y la escuché como mil veces. Me acuerdo que mi mamá me había comprado vainillas pero yo no tenía ganas de comer ni una. Y eso que me encantan. Es raro no tener hambre, ¿no?
Por suerte, fue como dijo mi mamá, con el tiempo se me fue pasando. Aunque es muy feo extrañar. Y más a una persona buena, como era mi abuelo. A veces, por las mañanas, cuando me despierto y sé que soñé con él, siento que es viernes. Y se me mueve el estómago por dentro, como cuando me cantaba la canción en francés. Aunque no me la acuerde mucho, hago como que cierro los ojos, y lo veo y lo escucho cantar Au Clair de la Lune. Pareciera que está acá.
Pero yo no se lo digo a nadie. Ni siquiera a mamá. Es un secreto.


VS