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Ella me mira, y cuando me mira así, yo lo sé. Ella se sube encima de mí, como si se me trepara y yo fuera una escalera. Ella empieza a moverse, sus tetas empiezan a moverse. Se mueven en direcciones opuestas: cuando una está arriba, la otra está abajo; cuando una está abajo, la otra sube. Su vientre se mueve también, toma otro ritmo que no es el de las tetas, es hacia los costados, girando en círculos.
Sus rulos también se mueven. Suben hasta el techo, luego bajan, y cuando bajan, pareciera que le quedara el pelo triste, a modo de sauce llorón. Sus piernas aprietan mis piernas. Sus uñas se clavan en mi pecho o en mis brazos. Yo la miro. Yo sostengo el sexo y la miro. La miro hasta erosionarla. Yo la miro hasta quemarle la piel. Tengo sexo con ella suspendido. Ella se mueve y empieza a gemir, y podría ser una gorda que gime, pero es ella que gime. Es Ana Paula que gime. Es Ana Paula que suda. Siento que todo está pasando ahora. Es Ana Paula la que vi entrar por la puerta de ese bar con su cara renacentista y su sonrisa espléndida. Ella era una mujer feliz de estar feliz, bailando con carne, moviéndose con carne, sonriendo con comida. Parecía que cuando se le dibujaba una sonrisa, se le dibujaban patas de pollo asadas, corderos de Navidad, postres
de mousse. Su blusa también estaba feliz, su pantalón se regocijaba de alegría.
No sé si más o menos apretado, no sé si más linda o menos linda que las demás. Entró y la vi. Entró y resplandecía. Entró y hablaba toda ella con su voz un poco grave, con sus dientes grandes, sus manos rosadas y su olor. Dulce y suave. Su olor a pelo rubio y baños de mañana. Su olor a siesta de verano. Pensé en una palabra cuando la vi: pasión. Pensé en cantantes latinas. En boleros de Manzanero para bailar apretados. Pensé en calor, pensé en un calor infernal. Pensé que era por la cantidad de gente de aquella disco. Pero no. Y me acerqué. Pensé que tenía que decirle algo. Pero tampoco. Miré un segundo sus ojos pardos. Pensé en Bukowski. Me sonrió. Su arrebato me tomó de la mano. Bailamos. Pensaba en mis otras novias: delgadas, pelos lacios, olores modernos, olor a yogurt light, sonrisas estáticas, manos quebradizas. Mientras bailábamos, sentí cómo se me contagiaba esa alegría, esa cosa latina, esa boca roja. Y me movía, primero despacio, después sin nudos, después como ella. Y nos movíamos sintiendo al cuerpo. Existían mi cadera, mis hombros, mi sudor. Sentí mis músculos moverse. Me sentí gordo. Gordo para bailar, para escuchar la música, gordo para comer la letra de la canción y cantarla con voz gorda. Gordo para sudar, gordo para besar. La besé, no intercambiamos palabras pero la besé. Me acerqué suave a ella y la besé. Pero no sé si quería besarla a ella... yo quería besar su boca, ella era sólo pura boca. Puros ojos cuando me miraba. El resto se perdía como si no tuviera función.
Cada cosa era un imán único, un objeto irremplazable. Para besarla sólo hacía falta una cita con su boca, mientras que el resto de su cuerpo podía quedar en casa.
Nos fuimos a un hotel. Antes de entrar me dijo:
–Me llamo Ana Paula.
–Lo sabía –contesté.
Me miró.
–No sé –le dije– simplemente lo sabía.
Pensé en el rojo. Pensé en flores rojas. Me dije “ella es una flor rojo carmín”. Pensé “yo soy un azul oscuro”.
Hablamos de cosas intrascendentes. Sacamos una teoría de los hoteles alojamiento. Me dijo que le encantaba la lencería. Le dije que le quedaría mejor la lencería roja. Se desató el sostén.
Lo miró de cerca. Me dijo:
–Tenés razón.
Me quedé mirando sus tetas. No eran senos sino tetas. Tetas grandes, “tetas de amor”, pensé. Imaginé que sus tetas tenían voz, que allí adentro había un mundo, un pueblo, una ciudad, con edificios, con vacas, con autos, con policías parando el tránsito. Le dije:
–Tus tetas son hermosas.
Se sonrojó. Volvió a la cama. Volvió a gemir. Volví a gritar mi orgasmo. Pensé en un volcán, pensé que yo era el volcán azul oscuro que ahora brotaba y se derramaba. “Soy un volcán”, le dije. Me dijo que era muy lindo. Cuando lo escuché, sentí que pudo verme más allá de todo. Pensé que las palabras abrían mundos diferentes si uno tenía distintos lentes, y que ahora esta frase era mucho más profunda. Pensé en los “te amo”, en los “te quiero”, en los “te extraño”. Y a todos ellos los vi flacos, huesudos, como mis novias modernas.
Estuvimos tres meses siendo gordos. Tres meses de sexo gordo. De bocas únicas. De flor carmín y volcán azul. Después fue distinto: empecé a escuchar a los otros. Luego mis amigos me preguntaron qué me había pasado. Que yo estaba para más. Luego les dio vergüenza que saliéramos con Ana Paula. Luego salíamos solos. Luego empecé a ver que la gente la miraba. Empecé a verla distinta. Creo que comencé a volverme flaco. Solos los dos entre paredes. Que nadie nos viera. Solos los dos con videos en casa. Cenas en casa. Conversaciones en casa. Mi cansancio para ir a cenar. Luego empecé a ver que la gente me miraba. Luego fue sólo el fin de semana. Ana Paula me preguntaba qué me pasaba. Yo comencé a sentirme un ser horrible. Pensé en Hitler y me asusté. Luego pensé que no era capaz de matar a nadie.
El día que le dije que ella podría hacer dieta, que no le vendría mal hacer un poco de gimnasia, que si adelgazaba podría ponerse minifaldas, ella tan sólo me miró. Juro que nunca me habían mirado así. Me miró con olor agrio. Me miró con sus tetas caídas. Me miraron sus ciudades y pueblos. Su pelo lloró. El perfume de su piel lloró. Su mano se acercó hacia mi mano llorando. Sentí que no debía, pero sin embargo tenía que pedirle perdón. Pensé en un cura y en un confesionario. Pero me dije que pedirle perdón era peor. Y no dije nada. Y sentí cómo sus ojos se despedían de mí. Intenté con mi cabeza levantarle las tetas y sus rulos rubios. Intenté con palabras inútiles que su blusa otra vez comenzara a reír. Pero ella ya estaba llorando entera. Pensé que había cometido un desastre. Que ella era la que entró con su sonrisa espléndida, y yo llegué a su vida para quitarle la luz. Que yo la quería hacer azul. Azul como yo. La empecé a sentir de lejos. Pensé en esas postales chinas, con arbolitos, pagodas, todo chiquito. La vi en la postal. Pensé que mi corazón no se llevaba bien con mi mano. Yo quería en ese momento tomarla de la mano para decirle que la quería. Pero la mano se quedaba quieta. Pensé en un museo de cera. Me vi de cera en el museo, la gente acercándose hacia mí, tocando mi piel patinosa y dura. Me acordé de las muñecas de mi hermana, a las que sólo se les movían los ojos.
Ana Paula se prendió un cigarrillo.
–Pero si vos no fumás –le dije.
–Ahora sí –me contestó. Largó la primera pitada y habló, y lo hizo con una sonrisa que quiere disimular pena.
–Está bien –me dijo–. Alto, delgado, musculoso, mirada intensa.
Qué tonta... –se culpó mientras se fumaba el cigarrillo sin toser. Pensé en Marlene Dietrich, en Greta Garbo. Pensé en estolas de plumas. Pensé en Moulin Rouge. Pensé en la palabra Rouge.
–Rouge –le dije–. Tu sobrenombre debería ser Rouge –le repetí entusiasmado siguiendo otra conversación.
–¿Por qué Rouge? –me preguntó, seducida.
–Es perfecto para vos. La boca, el cuerpo, toda.
Se rió. Apagó el cigarrillo. Me preguntó:
–¿Mentolados no tenés? Me gustaría probarlos.
Le traje uno de la habitación. Se lo prendió. Me dijo:
–Mi mamá fumaba mentolados.
–¿Tu mamá fuma mentolados? –le pregunté mientras le robaba una pitada.
–Fumaba –recalcó–. Se murió.
–¿Cómo se llamaba?
–Beatriz –me dijo riéndose–. En la familia todos tenemos nombres comunes. Te cuento –se adelantó–: nada grave, murió del corazón. Me tuvo de grande.
–¿Hace mucho?
–¿Qué cosa?
–Que murió.
–Un año. Lloro por eso en realidad. Ella era gorda, también –me dijo, sarcástica.
–¿Te preparo un café, un té? –ofrecí.
–No, quisiera tener sexo con vos de vuelta –me dijo.
–¿Ahora?
–Ahora... más tarde... –me dijo mientras comenzaba a desvestirse.
La frené.
–Soy grande –me dijo–, sé lo que hago. Lo dudó a mitad de blusa:
–¿No querés?
–No es eso, quiero seguir escuchándote.
–La historia es triste –me desanimó.
–No importa –le dije.
Pensé en las veces que dije “no importa”. No importa si salimos tarde, no importa si no llego a tal lugar, no importa si la comida de la rotisería está demasiado salada, no importa si no tenés leche para el café, lo tomo negro. Me contó todo lo que no me había contado. Me contó lo del hospital. Me contó cuando la llamaron por teléfono. Me contó que por todo eso, su novio la dejó. Me contó que su abuela había muerto, también. Que no puede dormir, porque estar en la misma casa, le da impresión. Me contó que al poco tiempo se compró un gato para darse alegría. Que a pesar de haber estudiado ciencias económicas, a ella le encantaría ser actriz.
Le conté que mis viejos quisieron separarse pero seguían juntos. Que mi hermano menor murió arriba de una moto. Le conté que tuve un dálmata. Le conté que me encantan los caballos. Le conté que soy malísimo en matemáticas y se río. Y cuando se rió, sentí que algo de ella había vuelto, como una ráfaga. Pensé en ráfaga y pensé en el pampero y en los vientos alisios. Pensé en el cuento de Cortázar, pensé en la profesora de geografía. Pensé. La miré. Me acerqué y la besé. Se dejó besar. Pero esta vez no nos besamos latino: la besé suave, y esta vez no fue sólo boca, fue sentirse etéreo, transportado, generoso.
Era seguro que nada tenía en las manos. Seguro que esto tenía también gusto a fin. Pensé en las letras de las películas cuando terminan. “¿Fin es malo?”, pensé.
Cuando se despertó del beso, me dijo:
–Quizás no sea ahora.
–Quizás no –le dije.
–Seguí besando así –gritó, mientras bajaba en el ascensor.
No volví a verla. No me la crucé. No la leí en el diario. No volví a verla en la disco. Pensé en esas películas con final abierto, que al día de hoy todavía sigo pensando.
Algunos días me acuerdo de ella. Pero no me acuerdo de sus tetas y ella, de sus caderas Lollobrigida y ella, de su blusa. Me acuerdo de esa última vez que la vi. Como si los recuerdos eligieran cómo quedarse y compitieran entre ellos y uno sólo ganara la batalla. Pensé en batalla, en los lobos cuando se pelean por el territorio y sólo uno logra ser el líder, mientras el vencido decide irse a vivir solitario en la montaña.
Pienso en mi novia de ahora –delgada, tranquila, pelo lacio– mientras me fumo un mentolado, derritiéndolo con la boca sin dejar una gota de humo en el aire. Pienso que hay maneras de estar, de acercar, como sogas, quizás inútiles o invisibles, que unen. Deliciosos, cigarrillos, mentolados.
Valeria Sabbag.
Ella me mira, y cuando me mira así, yo lo sé. Ella se sube encima de mí, como si se me trepara y yo fuera una escalera. Ella empieza a moverse, sus tetas empiezan a moverse. Se mueven en direcciones opuestas: cuando una está arriba, la otra está abajo; cuando una está abajo, la otra sube. Su vientre se mueve también, toma otro ritmo que no es el de las tetas, es hacia los costados, girando en círculos.
Sus rulos también se mueven. Suben hasta el techo, luego bajan, y cuando bajan, pareciera que le quedara el pelo triste, a modo de sauce llorón. Sus piernas aprietan mis piernas. Sus uñas se clavan en mi pecho o en mis brazos. Yo la miro. Yo sostengo el sexo y la miro. La miro hasta erosionarla. Yo la miro hasta quemarle la piel. Tengo sexo con ella suspendido. Ella se mueve y empieza a gemir, y podría ser una gorda que gime, pero es ella que gime. Es Ana Paula que gime. Es Ana Paula que suda. Siento que todo está pasando ahora. Es Ana Paula la que vi entrar por la puerta de ese bar con su cara renacentista y su sonrisa espléndida. Ella era una mujer feliz de estar feliz, bailando con carne, moviéndose con carne, sonriendo con comida. Parecía que cuando se le dibujaba una sonrisa, se le dibujaban patas de pollo asadas, corderos de Navidad, postres
de mousse. Su blusa también estaba feliz, su pantalón se regocijaba de alegría.
No sé si más o menos apretado, no sé si más linda o menos linda que las demás. Entró y la vi. Entró y resplandecía. Entró y hablaba toda ella con su voz un poco grave, con sus dientes grandes, sus manos rosadas y su olor. Dulce y suave. Su olor a pelo rubio y baños de mañana. Su olor a siesta de verano. Pensé en una palabra cuando la vi: pasión. Pensé en cantantes latinas. En boleros de Manzanero para bailar apretados. Pensé en calor, pensé en un calor infernal. Pensé que era por la cantidad de gente de aquella disco. Pero no. Y me acerqué. Pensé que tenía que decirle algo. Pero tampoco. Miré un segundo sus ojos pardos. Pensé en Bukowski. Me sonrió. Su arrebato me tomó de la mano. Bailamos. Pensaba en mis otras novias: delgadas, pelos lacios, olores modernos, olor a yogurt light, sonrisas estáticas, manos quebradizas. Mientras bailábamos, sentí cómo se me contagiaba esa alegría, esa cosa latina, esa boca roja. Y me movía, primero despacio, después sin nudos, después como ella. Y nos movíamos sintiendo al cuerpo. Existían mi cadera, mis hombros, mi sudor. Sentí mis músculos moverse. Me sentí gordo. Gordo para bailar, para escuchar la música, gordo para comer la letra de la canción y cantarla con voz gorda. Gordo para sudar, gordo para besar. La besé, no intercambiamos palabras pero la besé. Me acerqué suave a ella y la besé. Pero no sé si quería besarla a ella... yo quería besar su boca, ella era sólo pura boca. Puros ojos cuando me miraba. El resto se perdía como si no tuviera función.
Cada cosa era un imán único, un objeto irremplazable. Para besarla sólo hacía falta una cita con su boca, mientras que el resto de su cuerpo podía quedar en casa.
Nos fuimos a un hotel. Antes de entrar me dijo:
–Me llamo Ana Paula.
–Lo sabía –contesté.
Me miró.
–No sé –le dije– simplemente lo sabía.
Pensé en el rojo. Pensé en flores rojas. Me dije “ella es una flor rojo carmín”. Pensé “yo soy un azul oscuro”.
Hablamos de cosas intrascendentes. Sacamos una teoría de los hoteles alojamiento. Me dijo que le encantaba la lencería. Le dije que le quedaría mejor la lencería roja. Se desató el sostén.
Lo miró de cerca. Me dijo:
–Tenés razón.
Me quedé mirando sus tetas. No eran senos sino tetas. Tetas grandes, “tetas de amor”, pensé. Imaginé que sus tetas tenían voz, que allí adentro había un mundo, un pueblo, una ciudad, con edificios, con vacas, con autos, con policías parando el tránsito. Le dije:
–Tus tetas son hermosas.
Se sonrojó. Volvió a la cama. Volvió a gemir. Volví a gritar mi orgasmo. Pensé en un volcán, pensé que yo era el volcán azul oscuro que ahora brotaba y se derramaba. “Soy un volcán”, le dije. Me dijo que era muy lindo. Cuando lo escuché, sentí que pudo verme más allá de todo. Pensé que las palabras abrían mundos diferentes si uno tenía distintos lentes, y que ahora esta frase era mucho más profunda. Pensé en los “te amo”, en los “te quiero”, en los “te extraño”. Y a todos ellos los vi flacos, huesudos, como mis novias modernas.
Estuvimos tres meses siendo gordos. Tres meses de sexo gordo. De bocas únicas. De flor carmín y volcán azul. Después fue distinto: empecé a escuchar a los otros. Luego mis amigos me preguntaron qué me había pasado. Que yo estaba para más. Luego les dio vergüenza que saliéramos con Ana Paula. Luego salíamos solos. Luego empecé a ver que la gente la miraba. Empecé a verla distinta. Creo que comencé a volverme flaco. Solos los dos entre paredes. Que nadie nos viera. Solos los dos con videos en casa. Cenas en casa. Conversaciones en casa. Mi cansancio para ir a cenar. Luego empecé a ver que la gente me miraba. Luego fue sólo el fin de semana. Ana Paula me preguntaba qué me pasaba. Yo comencé a sentirme un ser horrible. Pensé en Hitler y me asusté. Luego pensé que no era capaz de matar a nadie.
El día que le dije que ella podría hacer dieta, que no le vendría mal hacer un poco de gimnasia, que si adelgazaba podría ponerse minifaldas, ella tan sólo me miró. Juro que nunca me habían mirado así. Me miró con olor agrio. Me miró con sus tetas caídas. Me miraron sus ciudades y pueblos. Su pelo lloró. El perfume de su piel lloró. Su mano se acercó hacia mi mano llorando. Sentí que no debía, pero sin embargo tenía que pedirle perdón. Pensé en un cura y en un confesionario. Pero me dije que pedirle perdón era peor. Y no dije nada. Y sentí cómo sus ojos se despedían de mí. Intenté con mi cabeza levantarle las tetas y sus rulos rubios. Intenté con palabras inútiles que su blusa otra vez comenzara a reír. Pero ella ya estaba llorando entera. Pensé que había cometido un desastre. Que ella era la que entró con su sonrisa espléndida, y yo llegué a su vida para quitarle la luz. Que yo la quería hacer azul. Azul como yo. La empecé a sentir de lejos. Pensé en esas postales chinas, con arbolitos, pagodas, todo chiquito. La vi en la postal. Pensé que mi corazón no se llevaba bien con mi mano. Yo quería en ese momento tomarla de la mano para decirle que la quería. Pero la mano se quedaba quieta. Pensé en un museo de cera. Me vi de cera en el museo, la gente acercándose hacia mí, tocando mi piel patinosa y dura. Me acordé de las muñecas de mi hermana, a las que sólo se les movían los ojos.
Ana Paula se prendió un cigarrillo.
–Pero si vos no fumás –le dije.
–Ahora sí –me contestó. Largó la primera pitada y habló, y lo hizo con una sonrisa que quiere disimular pena.
–Está bien –me dijo–. Alto, delgado, musculoso, mirada intensa.
Qué tonta... –se culpó mientras se fumaba el cigarrillo sin toser. Pensé en Marlene Dietrich, en Greta Garbo. Pensé en estolas de plumas. Pensé en Moulin Rouge. Pensé en la palabra Rouge.
–Rouge –le dije–. Tu sobrenombre debería ser Rouge –le repetí entusiasmado siguiendo otra conversación.
–¿Por qué Rouge? –me preguntó, seducida.
–Es perfecto para vos. La boca, el cuerpo, toda.
Se rió. Apagó el cigarrillo. Me preguntó:
–¿Mentolados no tenés? Me gustaría probarlos.
Le traje uno de la habitación. Se lo prendió. Me dijo:
–Mi mamá fumaba mentolados.
–¿Tu mamá fuma mentolados? –le pregunté mientras le robaba una pitada.
–Fumaba –recalcó–. Se murió.
–¿Cómo se llamaba?
–Beatriz –me dijo riéndose–. En la familia todos tenemos nombres comunes. Te cuento –se adelantó–: nada grave, murió del corazón. Me tuvo de grande.
–¿Hace mucho?
–¿Qué cosa?
–Que murió.
–Un año. Lloro por eso en realidad. Ella era gorda, también –me dijo, sarcástica.
–¿Te preparo un café, un té? –ofrecí.
–No, quisiera tener sexo con vos de vuelta –me dijo.
–¿Ahora?
–Ahora... más tarde... –me dijo mientras comenzaba a desvestirse.
La frené.
–Soy grande –me dijo–, sé lo que hago. Lo dudó a mitad de blusa:
–¿No querés?
–No es eso, quiero seguir escuchándote.
–La historia es triste –me desanimó.
–No importa –le dije.
Pensé en las veces que dije “no importa”. No importa si salimos tarde, no importa si no llego a tal lugar, no importa si la comida de la rotisería está demasiado salada, no importa si no tenés leche para el café, lo tomo negro. Me contó todo lo que no me había contado. Me contó lo del hospital. Me contó cuando la llamaron por teléfono. Me contó que por todo eso, su novio la dejó. Me contó que su abuela había muerto, también. Que no puede dormir, porque estar en la misma casa, le da impresión. Me contó que al poco tiempo se compró un gato para darse alegría. Que a pesar de haber estudiado ciencias económicas, a ella le encantaría ser actriz.
Le conté que mis viejos quisieron separarse pero seguían juntos. Que mi hermano menor murió arriba de una moto. Le conté que tuve un dálmata. Le conté que me encantan los caballos. Le conté que soy malísimo en matemáticas y se río. Y cuando se rió, sentí que algo de ella había vuelto, como una ráfaga. Pensé en ráfaga y pensé en el pampero y en los vientos alisios. Pensé en el cuento de Cortázar, pensé en la profesora de geografía. Pensé. La miré. Me acerqué y la besé. Se dejó besar. Pero esta vez no nos besamos latino: la besé suave, y esta vez no fue sólo boca, fue sentirse etéreo, transportado, generoso.
Era seguro que nada tenía en las manos. Seguro que esto tenía también gusto a fin. Pensé en las letras de las películas cuando terminan. “¿Fin es malo?”, pensé.
Cuando se despertó del beso, me dijo:
–Quizás no sea ahora.
–Quizás no –le dije.
–Seguí besando así –gritó, mientras bajaba en el ascensor.
No volví a verla. No me la crucé. No la leí en el diario. No volví a verla en la disco. Pensé en esas películas con final abierto, que al día de hoy todavía sigo pensando.
Algunos días me acuerdo de ella. Pero no me acuerdo de sus tetas y ella, de sus caderas Lollobrigida y ella, de su blusa. Me acuerdo de esa última vez que la vi. Como si los recuerdos eligieran cómo quedarse y compitieran entre ellos y uno sólo ganara la batalla. Pensé en batalla, en los lobos cuando se pelean por el territorio y sólo uno logra ser el líder, mientras el vencido decide irse a vivir solitario en la montaña.
Pienso en mi novia de ahora –delgada, tranquila, pelo lacio– mientras me fumo un mentolado, derritiéndolo con la boca sin dejar una gota de humo en el aire. Pienso que hay maneras de estar, de acercar, como sogas, quizás inútiles o invisibles, que unen. Deliciosos, cigarrillos, mentolados.
Valeria Sabbag.
24 comentarios:
Lindísimo, querida. No entiendo mucho como funciona esto del blog, pero es bueno el cuento y buena la idea de poder adelantar la lectura. Obvio que me lo compro. Felicitaciones.
adriana, villa pueyrredón
Adriana, me alegra que te haya gustado. Supongo que renovaré el blog con otro cuento, para ir mechando un poco, como dicen por ahí.
El blog es una manera, gratuita, de aparecer en la web y promocionarse, dado que la prensa, corre por cuenta propia. Al menos en mi caso, y siguiendo algunas leyes no muy felices del mercado. Pero.. qué va! Que los sueños no se apaguen!
Saludo grande.
Simplemente Genial, te adoro amiga y adoro tus escritos!!!
Darlino, sigamos adelante, que atrás no hay nada!
Robémosle al tiempo para crear, sin que se dé cuenta.
Me encanta ser tu amiga.
Con Laura leímos el libro y nos encantó. Tenés un estilo muy particular, muy personal, y eso te destaca. Felicitaciones por el primer libro, y recomiendo a todos que lo lean.
Marcelo RC
Gracias Lau y Marce. Me encanta poder compartir mis ficciones con ustedes, y que ustedes, compartan conmigo sus impresiones.
Mi profesor, siempre hacía foco en encontrar las propias palabras. No sé sí las mías son las mejores, pero al menos, son personales, como decís vos.
Un beso grande, GRANDE, a los dos.
es increible la frescura, versatilidad, emociones de tu escritura, me gusto, me hizo recordar, llorar y pensa, gracias.
Quiero comprar ya tu libro
Y espero mas libros tuyos
Ernesto de Villa Del Parque
Ernesto! Mil gracias por expresarte con tal generosidad. Me gratifica y me da fuerzas.
Lo podés comprar en librerías Distal, Yennys, Ateneo y Cúspide (odio decir esto, porque parece un chivo, pero no quiero privarte de la posibilidad de adquirirlo, según entendí. Sería tonto de mi parte, o no?).
Tengo más cuentos escritos, que seguramente, conformarán otro libro. Todavía hay que darle aire a éste. Y estoy preparando una novela, hace casi dos años.
Yo brindo para que sigan habiendo libros míos, pero más brindo, porque a los otros, como a vos, los haga, sentir, recordar, pensar...
Un saludo grande, gracias a vos.
Hola Valeria, soy Ligia la amiga de tu madre, ella me ha enviado tu pagina y ahora la he leido me ha parecido muy lindo el cuento, en realidad vale la pena comprar el libro,recibe un saludo y mis felicitaciones, que sigas cultivando cada dia mas exitos,,
!Que alegria! darnos estas posibilidades de leer tus bellos cuentos! Deliciosos cigarrillos mentolados, nos muestra una vez mas que pasa con nuestra cultura y la odiosa discriminacion? me identifico al igual que muchos, y has llegado muy hondo ,gracias por haberme encontrado alli con todo el amor que le pones a tus cuentos,sigue buceando y encontraras muchos caminos,comprare tu libro!y comolo dicen los amigos, Pasalo,exitos!!Candela de Recoleta.
Ligia, bienvenida a mis cuentos. Gracias por pasar, por las felicitaciones y por tomarte un minuto para comentar. Me alegra que el cuento te haya gustado.
Un saludo grande para vos.
Ah como entonces despues de leerlo me cayeron lagrimas. Yo tenia razon, no era por vos, es que el cuento es fantastico.
That's all my dear.
Shugo,amigo, habla de fantástico....fantástica es la naturaleza!! Yo intento hacer lo mejor con las letras, que es amigarlas un poco a mi sentir y llevarlas al papel. Y que de ahí en más, vuelen.
Hoy estuve de compras..de esas q hacemos las mujeres, y al ver las nuevas vidrieras de temporada, me acorde de "ROUGE" y volvi a leerlo, q cuento tan especial y claro. Sera que todas las "ROUGE" tendran que comprarse esa ropa de grandes florones en tiendas con manequi onda forzudos, por un momento quise ponerme en cabeza del personaje...que tierno dulce y amargo..pero una delicia para el pensamiento, que cuento maravilloso. Irma
Ligia: muchas gracias por tus palabras, por pasar y tomarte unos minutos para leer el cuento. Me alegro que te haya gustado.
Un saludo grande para vos.
Irma, es una satisfacción que el cuento, aquel que te gustó y que renombraste "Rouge" (me causó simpatía ese detalle porque así la apodó "él" a "ella" -o al menos quiso hacerlo), haya vuelto a tu memoria. Sin querer, me regalaste un halago.
Es difícil para personas con sobrepeso, el tema de la vestimenta y la moda. Ni te cuento de las butacas de cine, los asientos de aviones... las miradas ajenas. Lo sé, no por experiencia, sino porque me lo han contado. Muchas veces, no quiero decir siempre, la discriminación no se detiene a pensar.
Confesión:
Cuando camino por las calles, hago el intento por buscar a esa mujer, ese personaje, por buscar el parentezco con mi imaginación.
A veces, aparece por ahí, la encuentro dando vueltas y pienso: ella no sabe que fue escrita.
Gracias una vez más.
Que lindo tener una amiga genia.
No, no. El placer es mío Die.
(no te diste cuenta, pero el genio sos vos).
Te admiro con el corazón.
Muy lindo valesssss!
mucha sesibilidad como siempre
besote
Gianni
Gianni! Qué bueno que pasaste y le diste una leída. Me alegra mucho que te haya gustado.
Besote giannitooooo!!!!
Hola Vale, estube leyendo tus cuentos y me sorprendieron,alguno comienzan un poco cofusos pero la trama te lleva y se aclaran,te felcito.-
Guillermo: gracias por tu apreciación y tus ganas de comentar. Lo valoro. Me alegro que te hayan "llevado". Me gusta que cada cuento sea un viaje.
Un beso grande.
He leido sus cuentos, hasta la emocion de encontrarme un chico, si, soy asiduo lector y hoy compre el suyo que ya dejo de ser,,para convertirse en el de muchos, gracias, me encontre con el recuerdo de mi querido padre!Lo ha logrado lleno mi corazon de alegria,por muchos mas libros.Alberto de Villa Crespo.
Alberto: me alegro que haya dejado de ser un cuento, para pasar a ser un recuerdo una emoción.
Seguramente se refiere al cuento "Nociones de mi padre", cuento que a pesar de haber sido escrito hace tiempo, guarda algo de atemporalidad.
Un saludo grande. Gracias por sus palabras.
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